Tráfico en Lima: Urbanistas critican el abuso de óvalos para regularlo

Pueden ocasionar retenciones y accidentes debido a su excesivo tamaño y al mal uso que le dan los conductores. Basta con utilizar los semáforos.

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El primer óvalo se construyó en Inglaterra a principios del siglo XX, pero no fue hasta la década de los 60 cuando su uso se generalizó en el país anglosajón y en Francia. Muchos regidores y alcaldes quedaron maravillados por la capacidad que tenían de absorber grandes flujos de vehículos sin precisar de semáforos.

En el Perú se han construido óvalos enormes, ornamentados, con pasto, flores y algún monumento. Si bien regulan el tráfico en los cruces de las avenidas más importantes, provocan un continuo colapso por el mal uso que los conductores le dan. En las vías de dos o más carriles presentan inconvenientes por el cruce de vehículos a la hora de incorporarse o abandonar el óvalo por falta de pericia del conductor.

Y en Lima ni el uso de semáforos ni la labor de los agentes de policía consiguen mejorar el tránsito. Más bien, ocurre lo contrario. ¿Cuál es entonces la manera correcta de circular en los óvalos?

En primer lugar, no se puede elegir el carril a nuestro antojo. Se debe circular por la derecha y utilizar los carriles centrales para adelantar y facilitar la entrada al óvalo de otros conductores. La infracción más cometida es la de salir de este circuito desde el carril central y sin intermitente.

Los óvalos en sí mismos son útiles, pero también su abuso puede ocasionar congestión en lugares donde un simple semáforo bastaría. “Los óvalos son una herramienta útil, pero no la única. Funcionan mejor cuando se adecúan en tamaño y diseño a la intensidad de circulación que absorben”, explica el urbanista español José María Ezquiaga.

Y en eso está de acuerdo el ganador del Premio Nacional de Urbanismo de España, José Seguí. “Un óvalo es como un semáforo o un bordillo, un recurso, no un monumento. Y muchas han desvirtuado su función y obstaculizan la visión del conductor al servir de expositor del horror-vacui”, sostiene Seguí.