¡Al maestro (mí papá) con cariño!

Empecé a correr karts a los 18 años. Mi hincha número uno y el que más apoyo me da es mi padre, Ernesto Peyón. Hoy quise escribir esto

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Por: Verónica Peyón
Piloto profesional del Etna Racing Team

Hace unas semanas cumplí un sueño. En la segunda fecha del Campeonato de Circuito Turismo Competición 2016 (TC2000) mi hermano, Jean Paul, y yo corrimos al lado de nuestro padre, Ernesto Peyón. Desde que me inicié en el automovilismo, en el 2001, siempre me pregunté cómo sería competir contra el hombre que no solo me dio su apellido sino también su pasión por los autos. Luego de esta experiencia solo me queda decirle ¡Gracias por todo papá!

Qué les puedo decir, “lo que se hereda no se hurta”. Creo que si mi papá no se hubiera dedicado a correr autos, mi hermano y yo tampoco. Fue él quien me llevó a competir en mi primera carrera, nunca lo voy a olvidar. Tenía 16 años y en mi vida me había subido a un kart ni a ningún vehículo motorizado, estaba un poco nerviosa y solo hubo tiempo para que me explicará cómo debía manejar. Gané. Ahí me di cuenta que me gustaban las carreras y la velocidad, aunque él no lo supiera aún.

Decirle sobre mi deseo por ser piloto profesional no fue fácil, pero no porque sintiera una oposición suya. Me demoré en contarle mi verdadera vocación. Si me lo preguntan, no sé por qué no se lo dije antes. Recuerdo que iba al kartódromo como espectadora hasta que un amigo me invitó a correr y comencé a ir más seguido. Fue ahí donde mi papá se dio cuenta sobre mi pasión por el automovilismo y cuando vio que me estaba yendo bien no lo dudó y decidió apoyarme. Y no ha dejado de hacerlo hasta ahora.

Siento que dedicarme al automovilismo no solo ha afianzado mis lazos con mi padre sino también con mi hermano, Jean Paul. Que por cosas de la vida fue él -y no mi papá- quien me enseñó a manejar un auto a los doce años. Este deporte nos gusta y nos une como familia, los tres pasamos un montón de tiempo juntos. Estoy completamente segura que nuestra pasión en común por los fierros y la velocidad nos hace pasar más tiempo del que pasaríamos si no corrieramos.

Tengo muchos momentos inolvidables con mi papá. Una vez lo acompañé a hacer una hoja de ruta para un rally y nos atoramos en una duna. No había nada alrededor y hacía mucho calor, no había manera de sacar el carro. Sin embargo, él se las ingenio y puso los tapetes del auto atrás de las llantas, retrocedió y pudo sacarlo. Por supuesto yo aprendí hacer eso y cuando me ha pasado eso con mis amigas he usado la misma técnica y siempre me ha servido perfectamente.

Papá, no solo te debo la vida sino también el motivo para vivirla cómo quiero y a la velocidad que deseo. ¡Gracias por eso también papá!

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